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Cicuta

"Hay historias de amor que son como amapolas, rojas, frágiles, casi viento...y aún así se agarran a la garganta"

De tu ventana a la mía https://www.youtube.com/watch?v=xg7J8VfGPnA

Certeza furtiva

Andando por la noche
con Yeah Yeah Yeahs
y su parca sabiduría
resonando en mi cabeza
llegué a la conclusión
súbitamente
de que en realidad
no había respuesta posible a mi mensaje
y sonreí.

Nunca me responderías.
Nunca mandé el mensaje correcto.
El que movía resortes. La llave mágica.

Pero no me sentí torpe.
Simplemente lo acepté.
Y la llama se apagó.

Sin embargo, la noche continuó.
Y como esa, muchas otras
en pleno desarrollo.

Sonreí y ladée la cabeza.
 Te echaría de menos.
Solo un rato más.

In somnis veritas

  Necesito escribirte, como si te tuviera aquí de delante. Como si esto una fuese una carta, tambaleándose sobre el papel de los años 40 en los años 20. Como si yo fuese todas las grandes y penosas amantes, Highsmith, Pizarnik... necesito bailarte y cantarte poseída por la Vargas. Tambaleándome borracha con una voz que viene del inframundo.

  Un polvo, como un enamoramiento, pasa a ser el mejor cuando no se consuma. Y los que lo hacen valen por su propio peso y no por la fantasía. He probado un poco de los dos. Un estar y no estar. Un hacerlo y no hacerlo, un tirarse y no tirarse. La adrenalina es mejor cuanto más pesada se es, por el riesgo, y por supuesto, deja secuelas. Como éstas. Después de M., voy buscando desesperadamente llegar al otro lado del precipicio, no importa cómo ni con qué heridas. Ni siquiera si caigo. Algún demonio me devolverá a las cumbres. Tal vez, como las enamoradas recalcitrantes, yo también me haya vuelto loca. Sin miedo. Sin límites. Dispuesta a luchar contra el granito de la indiferencia y la asesina distancia. Dispuesta a destilar todo de mí hasta que no quede ni una sola gota y yazca semimoribunda en el desierto.

  Es mi obligación ofrecerte que echemos un polvo, porque va a ser más dañino a largo plazo, no te rías, te lo digo por experiencia. Los que no se consuman se convierte en deuda- mucho más tangible que esa que gestiona el FMI, dónde va a parar- son polvos potenciales. Ya tengo más de un par-de tácito acuerdo o no- pululando por el mundo, y no quiero más. Porque aunque no vayan a ser perfectos, son imprescindibles. Precisamente porque no son ideales.

 
  Tampoco son medallas, ni mucho menos, me da la sensación de que puede sonar frívola la manera en la que te lo estoy explicando. Son como máquinas de tortura de placer que hacen expandir mi cuerpo y llegar más fácilmente a las personas. Me exponen a todos los niveles, como pocas veces en la vida pasa, y me lanzan a la búsqueda del misterio, me dan la oportunidad de correr las cortinas de lo que parece evidente y ver a través del aspecto de alguien. Qué hay más allá. A veces puede llegar a ser mágico. Por supuesto, la otra persona queda en la misma situación, pero es decisión suya saber hasta dónde quiere llegar. Es uno de los viajes más apasionantes que puedes hacer, conocer hasta en lo más recóndito a personas tan dispares como sea posible. Sin embargo, ni por asomo es un asunto de cantidad. Pero hay que saber cuando coger las oportunidades. Hay viajeras que se limitan, las hay que dan rienda suelta a su ansía y acaban perdidas. Otras planean su periplo meticulosamente, otras pintan mapas sobre los cuerpos, otras cogen el primer tren que pasa y otras se quedan esperando durante años. Yo soy de las que necesita estar enamorada. También de las que se enamora mientras descubre el paisaje. El caso es que, mientras echo un buen polvo con alguien, tengo la certeza de que lo estoy. Imprimo toda mi ternura en cada roce, incluso cuando es violento. Tengo la sensación de que estoy tejiendo hilos entre ese alguien y yo. Eso es seguro, pero cuánto dure ese estado de unión es relativo. Tal vez se desvanezca con el recuerdo, tal vez forme parte de nuestro bagaje para siempre, aunque no lo veamos, ni lo respiremos, ni lo evoquemos. Sea como sea, es algo de lo que nunca me quiero deshacer. Y a lo que tampoco quiero renunciar. Ni al sentimiento de aturdimiento, ni al de comprensión profunda, ni al de ridiculez.

  Así que bueno, aquí me tienes, escribiéndote una carta como quien hace autostop. A la desesperada y a primera vista. Ja ja ja, sinceramente, espero que no hayas entendido eso por lo que he intentado comunicarte. Para mi no es algo que se hace todos los días. De hecho es la primera vez que hago esto de manera tan explícita. Sin poesía. Sin artificios. Desde mi corazón al plato. Así de grotesco.

  De todos modos, la suerte está echada. Y me quita un gran pesar pensar que no tengo poder sobre los dados. Que soy vulnerable ante ti, ante el azar, ante mis propios impulsos y palabras que caen sobre el papel como gotas de lluvia, intermitentemente y sin orden ni concierto.


 P.D: Como ves, me da más miedo hablar de ti que de mi. Me sobreviene un pánico terrible cada vez que hago una tentativa. Me atemoriza tergiversar lo perfecto de aquel momento contigo. Y me repugna la poca capacidad que tienen las palabras para pintarte. O también puede que yo no tenga la destreza suficiente. O que la euforia me vuelva idiota.

  

Somnolencia

 Había esa luz fantasmal. Había esa cámara, tan pesada, tan negra, tan rotunda, tan escrutiñadora. Y tú y yo en aquel puente. Nos cruzamos como cualquier otra persona con cualquier otra desconocida. Pero nos paramos porque teníamos esa certeza. No era lo mismo y al tiempo, nada había cambiado. A ti no te gustaba esa luz. Dijiste. Pues a mí me encantaba. A ti te hacía sentir ausente. A mi me hacía sentir en un sueño. Más viva. Más real. Más cuerpo. Más aquí, en este momento, en todos sitios, cualquier persona y todas las que han visto esa luz. Me salva de la ilusión que es el tiempo. Y los pronombres que pretenden ser sujetos ¿Sujetos a qué? A este puente, a una despedida tácita y punzante. Pero sé que siempre puedo volver allí. Como ahora.

La Reina de le Marais

 Mientras tecleo en el ordenador “Guillaume Dustas”, “Hervé Guibert” ya siento que mi destino va a estar unido al de ellos. Lo visceral nunca cambia en sus designios. Leo en la wikipedia, el destripamiento de su obra, las apologías a otrxs a autorxs, finos hilos eléctricos recorren mis dedos, mi boca saliviza como lo lleva haciendo desde el comienzo de la entrevista que alguien muy generoso colgó en vimeo. Esa peluca rubia nunca fue llevada con tanto estilo y su traje futurista anuncia lo que vendrá. El reverdecimiento del Matriarcado, de la vida, de la Metrópolis de lxs ilegales, de la naturaleza hiriente y genuina y sus parias. Ese reino, ese imperio hecho de los que ahora son reconocidos como miserables por los poderes fácticos, por la pestilencia y fealdad eclesiástica, capitalista y patriarcal. De aquellos que alaban los ídolos a los que se someten porque no saben, no se atreven a jouir la vie. Ataviados con sonrisas irónicas, fisionomía de rata, representados por ese tipejo católico que va de luto, porque cada día muere un poco.

 Me pregunto, si alguna vez el rostro de Guillaume ha sido esculpido en la grecia clásica. Su barbilla partida, sus labios elegantes y besables, nariz judía y sus ojos rasgados y altivos, todo él distante. Me entran unas ganas inmensas de follarlo. Irreflenables. Me lo imagino en su cuarto de Le Marais, recostado en la cama, a contraluz; fuera, un panteón.

 A veces pienso que no preparo mentalmente suficiente mi viaje a Francia. Lo que voy a hacer, qué voy a vivir. Mi cuerpo lo piensa por mi cuando lee a Preciado, a Guillaume, y a ese ghetto que cada vez se extiende más. O más bien, el que más gente se agencia. Poco a poco, como la fiebre de esa gripe que citó el verdadero suicida en la entrevista. Poco a poco como los buenos orgasmos, la buena comida, las mejores épocas y días.