Mientras tecleo en el ordenador
“Guillaume Dustas”, “Hervé Guibert” ya siento que mi destino
va a estar unido al de ellos. Lo visceral nunca cambia en sus
designios. Leo en la wikipedia, el destripamiento de su obra, las
apologías a otrxs a autorxs, finos hilos eléctricos recorren mis
dedos, mi boca saliviza como lo lleva haciendo desde el comienzo de
la entrevista que alguien muy generoso colgó en vimeo. Esa peluca
rubia nunca fue llevada con tanto estilo y su traje futurista anuncia
lo que vendrá. El reverdecimiento del Matriarcado, de la vida, de la
Metrópolis de lxs ilegales, de la naturaleza hiriente y genuina y
sus parias. Ese reino, ese imperio hecho de los que ahora son
reconocidos como miserables por los poderes fácticos, por la
pestilencia y fealdad eclesiástica, capitalista y patriarcal. De
aquellos que alaban los ídolos a los que se someten porque no saben,
no se atreven a jouir la vie. Ataviados con sonrisas irónicas,
fisionomía de rata, representados por ese tipejo católico que va de
luto, porque cada día muere un poco.
Me pregunto, si alguna vez el rostro
de Guillaume ha sido esculpido en la grecia clásica. Su barbilla
partida, sus labios elegantes y besables, nariz judía y sus ojos
rasgados y altivos, todo él distante. Me entran unas ganas inmensas
de follarlo. Irreflenables. Me lo imagino en su cuarto de Le Marais,
recostado en la cama, a contraluz; fuera, un panteón.
A veces pienso que no preparo
mentalmente suficiente mi viaje a Francia. Lo que voy a hacer, qué
voy a vivir. Mi cuerpo lo piensa por mi cuando lee a Preciado, a
Guillaume, y a ese ghetto que cada vez se extiende más. O más bien,
el que más gente se agencia. Poco a poco, como la fiebre de esa
gripe que citó el verdadero suicida en la entrevista. Poco a poco
como los buenos orgasmos, la buena comida, las mejores épocas y
días.
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Todo el mundo miente. Nadie se da cuenta